domingo, 1 de junio de 2008

QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA....


El próximo jueves los Lakers y los Boston Celtics rememorarán una final que hace 21 años que no se repite en la “liga de las estrellas”, la NBA. El próximo jueves, quienes tenemos edad para recordar sus jugadas, recordaremos, aunque sea fugazmente, a Magic y Bird sonriendose antes del inicio de cada enfrentamiento compartiendo eso que sólo los grandes de verdad saben, que la victoria verdadera es saber llegar, saber estar, disfrutar y respetar al adversario.

Allá por el inicio de los 80 la NBA languidecía y perdía audiencia cada temporada. El público parecía haber dado la espalda la basket profesional para beneficio de otras disciplinas como el beisbol, el fútbol americano o el hockey que vivían enfrentamientos llenos de pasión con algunos jugadores míticos. La NBA, desde la retirada de Chamberlain no parecía encontrar el carisma que precisaba para mantener afición y publicidad.

Sin embargo, dos jóvenes estrellas llegadas de la liga universitaria iban a volver a llenar los pabellones y las audiencias televisivas, iban a proyectar más allá de los USA sus enfrentamientos deportivos y llenarían el baloncesto de buenas razones para convertirse en un espectáculo digno de una época en que la imagen y su transmisión globalizarían ídolos y pasiones. Larry Bird y Magic Johnson fueron mucho más que dos magníficos jugadores, fueron la gran esperanza que la NBA necesitaba.

En 1979 la final de la NCCA depararía el inicio de este duelo cargado de simpatía y calidad. Michigan, la Universidad donde Magic jugaba se haría con el campeonato frente a la Indiana State, la segunda opción universitaria de Bird. El que sería jugador emblemático de los Celtics había abandonado, un tiempo antes, la Universidad de Indiana incapaz de resistir la presión de una Universidad favorita en la NCCA y había regresado a su pueblo dispuesto a abandonar el basket; la Indiana State le rescató y permitió la consagración de uno de los más grandes. Mientras tanto en Michigan Magic empezaba ya a cimentar su leyenda de jugador versátil, carismático y eficaz.

A partir de aquél momento la NBA se convirtió en el campo de sus enfrentamientos y revivió ante el encanto de dos magníficas escuadras cuyos triunfos marcaron la primera mitad de los ochenta. Mientras los Lakers encontraban en el dúo Jabbar- Magic su talismán, los Celtics conseguían con Robert Parish, Larry Bird y Kevin MacHale el mejor trio de hombres altos de la historia. Sus duelos fueron mucho más que finales de la NBA, fueron momentos estelares del deporte mundial y en nuestras retinas han quedado instantes llenos de magia y el intenso respeto por los deportistas con mayúsculas, como ellos (a pesar de la mala uva de McHale, uno de esos jugadores que si no decía una “boutade” no estaba tranquilo).

En torno a ellos el basket americano iba fraguando su renacer y su proyección ya no tendría límite. Magic y Bird compartieron tiempo con los Malone, el reinado de los “bad boys” de Detroit y con el inicio de quien iba a significar una nueva revolución, el gran Jordan. Sin embargo, nada como aquellas finales del 84, 85 y 87 en que los equipos más glamourosos y emblemáticos de ambas conferencias se batieron por el anillo. Para quienes no tuvisteis oportunidad de verlos, os recomiendo entrar en la web oficial de la NBA; tienen colgado un video con las diez mejores jugadas de la final del 87: triples de Bird, entradas a canasta de Parish o McHale y Magic, siempre Magic.. También podreis comprobar, viendo a Pat Riley, que el tiempo llena las cabezas de canas, pero siempre mantiene la clase y el “charmant”.

El jueves empezará de nuevo la historia, pero ahora en la Liga menos americana, en la más internacional... con más europeos, argentinos, africanos... en la NBA del siglo XXI, pero siempre con el gran sabor de las dos escuadras más simbólicas del basket de USA. Y ahí, con Garnett, con Pierce y con Bryant... el chaval español que un dia pensó que podía intentar ser uno de los grandes. Gasol, the best!.

4 comentarios:

peter pan dijo...

Aquello sí era espectáculo, grandes equipos, grandes jugadores y buen baloncesto.
El bueno de Larry Bird decía de sí mismo que no era más que un jugador blanco que apenas saltaba y lo curioso es que teniendo razón, su rapidez en "cargar" la muñeca y lanzar desde muy muy arriba, resultaba imparable.
A su lado un Kevin Mac Hale con movimientos de pato mareado pero igualmente certero en el tiro. En el otro bando un Magic quizá demasiado alto para el puesto que ocupaba pero siempre genial y un Kareem no todo lo corpulento que se espera de un pivot y con sus años a cuestas pero que no dejaba nunca de aportar cosas al equipo.
Todos ellos con sus limitaciones pero con una personalidad en cancha formidable. Era un duelo de titanes en toda regla.

Un combate apasionante, ¿quién ganará, Lakers o Celtics?, ¿Marianistas o Esperancistas?, ¿Losaderos o Vazquistas?.

Lo incierto del desenlace hace estos encuentros más interesantes si cabe. No nos olvidemos del importante papel de l@s árbitr@s,
algún día, un@ de est@s alcanzará la victoria.

pablo garcía dijo...

Grandes jugadores los que habéis mencionado, Jordan, Larry Bird, Magic y ahora el verdadero protagonista (quién lo iba a decir¡) súper Gasol.
Pero como para gusto colores yo me quedo con el inigualable Dr Julius Erving
Os podéis deleitar.
http://videos.publispain.com/video/3767/Homenaje-a-Dr-Julius-Erving.html
un abrzo

jepero dijo...

Sin ser un gran forofo del basket ni de la NBA, reconozco que siempre admiré al gran Magic Johnson, por su aspecto afable, de buena persona, además de gran atleta.
Siempre aprecié una gran diferencia entre él y la mayoría de las demás estrellas de la NBA: ostentosos, excéntricos, provocadores...

Matapollos dijo...

Grandes jugadores, aunque jamás entendí el deporte como espectáculo.
Me refiero especialmente a los deportes mayoritarios, donde parece pesar más cualquier otro contenido que lo esencial del deporte.
En la NBA encuentro demasiado plástico.
Para grandes jugadores mi panda de hace muchos años.
Saludos a Jose, Marité, Pipe, Antonio, Marga,...
Que jugamos como campeones sin que nadie nos viese.