
Al parecer, la Vicepresidenta del Gobierno, Fernández de la Vega, ha “ofendido” a Italia... Bueno, parece que a toda Italia no, sólo al Gobierno Berlusconi, a la camorra napolitana (según informaciones, la inductora de los ataques a gitanos, perpetrados los últimos dias) y a todos aquellos que se llenan la boca con eso de que “hace falta firmeza”.. Firmeza que, naturalmente, debe ejercerse sobre quienes menos derechos tienen: inmigrantes, minorías, sin papeles... o sea, la historia de siempre en tiempos de crisis.
Un reportaje en un medio de comunicación explicaba hoy que más de veinte mil “sin papeles” viven detenidos en diferentes lugares de Europa, algunos en condiciones no excesivamente dignas. Mientras tanto, la UE se debate entre cómo resolver la ecuación de limitar la acogida de inmigrantes, garantizar la seguridad ciudadana, acosar a las mafias que trafican con seres humanos, permitir la detención – hasta 18 meses- de inmigrantes ilegales y parecer, al menos, que se siguen respetando los derechos humanos en el continente cuna de la Democracia... Difícil.. imposible?.
Lo cierto es que la crisis financiera e inmobiliaria importada desde USA ha puesto de manifiesto las diferencias en la percepción política de los diferentes países acerca del fenómeno migratorio. Dejando a un lado las propuestas berlusconianas – algunas rayando en el totalitarismo- los gobiernos se mueven entre las medidas dirigidas a mejorar la integración social y la formación continua de aquellos colectivos inmigrantes que puedan perder su empleo y aquellos otros que optan directamente por poner el acento en las medidas policiales y las propuestas de expulsión de inmigrantes sin empleo – modelo Sarkozy- en un discurso claramente dirigido a las clases nacionales más modestas que puedan temer la pérdida del trabajo y que las prestaciones dirigidas a la inmigración resten fondos necesarios a la política social. O sea.. “ahora que lo necesitamos nosotros, se lo darán antes a los de fuera”...
Tiempos necesarios de intensa pedagogía... Quizás sería bueno recordar cuánto y con cuánta rapidez e intensidad hemos crecido a costa del trabajo – también- de los llegados de otros países. Probablemente debamos hacer el ejercicio de repetir hasta la saciedad, cuánto del incremento en el PIB, cuántas cuotas de la seguridad social, qué porcentaje del consumo interior.. han supuesto los inmigrantes durante estos años y evitar esos peligrosos/falsos discursos que identifican inmigración con delincuencia.
Sería absurdo negar que el tiempo de crecimiento económico prolongado parece haberse tomado un respiro, y que la pérdida de empleo en sectores como la construcción afectará de manera importante a personas procedentes de países menos desarrollados, pero esto no debe suponer ni más ni menos que un reto para las políticas de integración laboral, de formación, de apoyo para la movilidad laboral y de mantener la inversión en atención y asistencia social, que evite bolsas de exclusión con las que luego es muy difícil trabajar.
No fue España capaz de relanzarse tras los años de crecimiento de desempleo de finales de los ochenta?, no fuimos capaces de reformular sectores como el del naval?, no se pusieorn en marcha cientos de programas de integración laboral para personas mayores de cuarenta o cincuenta años?, no se cambió radicalmente el mercado laboral acogiendo a las mujeres, hasta entonces muy minoritarias en el mismo?, no variamos la formación de las generaciones futuras?.. Ahora el momento parece menos complicado de lo que lo fue hace apenas quince o veinte años, así que no está de más, hacer un ejercicio de memoria y evitar que el catastrofismo gane adeptos.
Es cierto que nuestra generación está más acostumbrada al bienestar de lo que lo estaban las pasadas y que quizás la percepción individual y colectiva de la desaceleración venga tamizada por tantos años de crecimiento y de bonanza económica, pero no lo es menos que nuestro país está a la vanguardia de la defensa d elos derechos de las personas, que el ejercicio de integración de inmigrantes ha sido ciertamente notable y que tenemos experiencia, capacidad y compromiso político para asumir la dificultad del momento y sus posibles soluciones.
En cualquier caso, bien mirado, quizás la ofensa no debiera estar en las palabras de la Vicepresidenta, sino en contemplar el fracaso colectivo que supone la emigración masiva desde países africanos o americanos, la persistencia de hambrunas endémicas en grandes áreas mundiales o que el continente que alumbró la Grecia Antigua o la Revolución francesa asista sin inmutarse al espectáculo de decenas de miles de seres humanos detenidos porque, sencillamente, no tienen más esperanza para sobrevivir que llegar a las puertas de nuestro bienestar e intentar colarse, aunque sea por la puerta de atrás... Quizás la miseria debería ofendernos algo más...