
El jueves pasado a media tarde, los teletipos recogían una nota del partido Popular de Galicia en la que se nos acusaba a Laura Seara y a mi de haber utilizado coches oficiales en nuestros desplazamientos al Parlamento y cobrar al mismo tiempo dietas por kilometraje. El caso de Laura era un intento burdo de manchar le nombre de una Directora General del Gobierno de España, mintiendo al decir que nuestra compañera viajaba en el vehículo oficial de Pachi Vázquez cuando este era Conselleiro. Para que la nota del PPdeG estuviese completa, no sólo se basaba en una mentira, sino que se referían a mi diciendo “la siempre elegante..”, no sé bien si por dejar entrever que mi “elegancia” iba a costa de los ingresos indebidos o si era una muestra más del “landismo” (deriv de “Alfredo Landa en tiempos del destape”) que les caracteriza y del cual el máximo exponente resultó ser Feijoo y su discurso en la Feria del Cocido en Lalín, absolutamente incalificable
En lo que a mi persona se refiere, la jugada era doble: atacar a una persona de la dirección del PSdeG y al Ayuntamiento de Coruña acusándome de haber cobrado indebidamente. De inmediato pedí en la Cámara gallega un certificado de los Servicios Económicos que demostrara cómo yo había renunciado al cobro de cualquier dieta en la anterior Legislatura y, como se recoge en el documento expedido en el día de ayer, el cómputo total de los ingresos por este concepto ascendieron en el año 2005 a 253,44€ y 0€ en los ejercicios siguientes. Recibida la certificación, envié sendas cartas al Secretario General del PPdeG, Alfonso Rueda, responsable último de la política de comunicación de su partido y al Portavoz Parlamentario popular, Ruiz Rivas, pidiéndoles rectifiquen las acusaciones vertidas en la nota de la semana pasada. De momento no he recibido respuesta alguna.
Entre el 2005 y enero de 2009 compatibilicé las funciones de concejala y parlamentaria. El Parlamento incluye en sus retribuciones el pago de los desplazamientos de los parlamentarios, tanto a Plenarios, reuniones de la Xunta de Portavoces, Deputación Permanente, como a Comisiones. Durante el período al que me refería antes, explícitamente renuncié a dicho cobro. Como concejala utilicé el vehículo oficial para aquellas funciones para las que está pensado: facilitar los desplazamientos y que el tiempo empleado en estos no sea excesivo y permitir el empleo de ese tiempo en asuntos y competencias de interés para la ciudad y los ciudadanos. Huelga decir que a lo largo de cuatro años viajé en mi coche, en vehículo oficial, con algún compañero, con varios y hasta alguna vez en vehículos propiedad del PSdeG; precisamente para evitar errores o duplicidades preferí renunciar a las dietas de kilometraje. Pero esto no es una cuestión de kilómetros ni de Mar Barcón, sino de una manera de entender la política como el arte de la difamación, engrasada durante la campaña de las elecciones autonómicas y que algunos parecen no querer abandonar ni siquiera ahora que están gobernando.
Durante el último año y medio se ha instalado en el ambiente político gallego, una manera de actuar que no sólo denigra a quienes la practican, sino al conjunto de la clase política con el consiguiente perjuicio para la calidad de la democracia y para la credibilidad de las instituciones delante de los ciudadanos. Una manera de actuar que incluye rumores, correos electrónicos difamatorios, presentaciones que viajan por la red acusando falsamente a los adversarios políticos, medias verdades y mentiras enteras que están dañando y minando la imagen de quienes nos dedicamos a la política. Coches, sillas, supuestos empleos, supuestos favores, enchufes nunca demostrados… amigos, familia, maridos y ex maridos.. todo vale para algunos que no tienen más recursos que hacer daño, a menudo escondiéndose en el anonimato o en un seudónimo y siempre despreciando la verdad y la razón.
Ejercí durante diez años funciones de concejala en diferentes departamentos. Estoy segura de que acerté algunas veces y me equivoqué en otras pero desde luego jamás he vulnerado – a sabiendas – la legalidad ni olvidado los principios de honestidad que deben guiar la labor pública y la conducta humana. No lo he hecho por mis padres, que se mataron a trabajar para que su hija tuviera las mismas oportunidades que otros con más fortuna – económica, porque de la otra la tuve toda - ; no lo he hecho por mis hijos, porque aspiro a que estén orgullosos de su madre, de sus aciertos y de sus errores, peor que no tengan jamás que bajar la cabeza; no lo hice por mis amigos, porque son gente buena y honrada y siempre confiaron en mi honestidad y no lo hice por mi partido, que siempre enseñó a su militancia que la honradez personal y política son los principios en los que el socialismo se mira.
Siempre hay gentes dispuestas a sembrar la duda y la reprobación sobre quienes nos dedicamos a la política y siempre hay grupos dispuestos a ejercer el “todo vale” para sacar réditos políticos. No sólo no lo comparto sino que no puedo dejar de advertir de que ese camino conduce a que grupos “de salvadores” se ofrezcan a defender a los ciudadanos “de los políticos”. Sólo hay que mirar dónde acabaron estas derivas en otros países o en otros momentos. Acepto gustosa cualquier debate o crítica, por acerada que sea, sobre mi gestión mi opinión o mi capacidad pero ninguna mentira sobre mi conducta o sobre la de mis compañeros. Ninguna. La mentira y la difamación no deben ser armas válidas para el debate político, los ciudadanos que creen en la democracia y en su futuro no deben aceptar estas manipulaciones; quienes nos dedicamos a la política debemos rebelarnos contra esta bajeza. Yo, al menos, lo haré siempre.





