sábado, 7 de mayo de 2011

UN CHICO DE PUEBLO



Un chico de pueblo; así describía, entre lágrimas, Baldomero Ballesteros a su hermano Seve, a las pocas horas de que uno de los mejores golfistas de toda la historia muriera rodeado por su gente en Pedreña, su pueblo. Un chico de pueblo; efectivamente, el mismo que aquél tercer sábado de julio de 1979 empezó a escribir su leyenda con un inesperado golpe desde el aparcamiento del Royal Lytham. Entre la brisa del recio verano inglés, los aficionados allí congregados descubrieron al que había de convertirse en su jugador talismán, a la altura de Faldo, Norman, Watson o Woods y hoy el British Open despedía con emoción y honores al “chico español” que les había enamorado en la década de los ochenta.
Corrían los primeros años de la transición, cuando el fútbol era “la furia” y el recuerdo de la medalla de Paco Fernández Ochoa ya languidecía. España andaba lejos de ser un potencia deportiva y resultaba impensable que un deportista se aupara a la élite mundial, especialmente en una disciplina minoritaria y desconocida. De repente, un joven cántabro que hablaba inglés nos descubrió que esa cosa rara que practicaban señores ricos con pantalones de cuadros detrás de frondosos arbustos, era un deporte. España descubrió el “put”, el “birdie” y lo elegante que quedaba este mocetón con una chaqueta verde; el país se llenó de entendidos en la materia y convertimos la Ryder en una especia de dulce venganza frente al poderío USA.
Ballesteros hizo una transición ejemplar desde la élite a la segunda fila y cuando su espalda le obligó a dejar el golf lo hizo con la tranquila emoción de quien había sido feliz en su profesión, sin asomo de melancolía. Recorrió el mundo diseñando campos, asesorando en torneos y disfrutando los homenajes que se sucedían. El campeón volvía a casa a recuperar el tiempo y el pulso tranquilo del pueblo que siempre fue su hogar. Sólo en una ocasión le vimos descompuesto, cuando esos carroñeros que se llaman a sí mismos “prensa rosa” le perseguían para hurgar en la herida de su divorcio de Carmen Botín; Ballesteros estaba preparado para soportar la presión, el viento y el dolor de su espalda pero se negó a servir de carnaza a un circo del que nunca había formado parte. Hoy se fue como vivió, rodeado de su gente, en Pedreña, con la lucidez de quien fue exactamente lo que quiso ser, un tipo de pueblo, feliz.

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